lunes, 11 de febrero de 2013

Y en carnaval te vistes como te he dicho, porque te lo digo yo y punto!



Después de leer en Mundo Today que un colectivo no representativo ha protestado de forma “oficial” que en carnaval no se va vestido “adecuadamente”, y después de darme una “jartá” de reírme, y de haber escuchado a bastante gente en los últimos carnavales exactamente lo mismo (pero esta vez no en broma), ni me planteé en cuestionarme si los realizan estas protestas eran gente inteligente o simplemente dictadores de república bananera... O unos fustrados por ver a una chica de buen ver en minifalda.

De repente, y no sé porque, me acorde de cómo personas brillantes, que deberían haber tenido una autoestima excelente a juzgar por lo excelente de su obra, de sus actos, de su saber hacer, no suelen reconocerlo, mostrándose más inseguros que personas mucho más mediocres, que suelen querer imponer su criterio, sin base sólida alguna. Esto viene a cuento a una cita que recientemente leí de Bertrand Russell: “uno de los dramas de nuestros tiempos está en que aquellos que sienten que tienen la razón son estúpidos y que la gente con imaginación y que comprende la realidad es la que más duda y más insegura se siente…”. Lo que está claro es que la gente que realmente sabe del tema, que realmente son genios por excelencia, los que denotan sabiduría innata, son aquellos, humildes, que repiten constantemente, con esa parte de inseguridad, la célebre frase de Sócrates: “solo sé que no sé nada”. Y aun así son los únicos que tienen muy claro lo que realmente saben.
La explicación es simple: los que peores resultados obtienen en todos los tipos de pruebas realizadas, tienen auténticos problemas para aprender de sus errores. 

Como solución se propone algo drástico pero evidente: hay que hacer saber a los incompetentes que lo son, aunque lógicamente, dado que no son demasiado receptivos a las críticas, haya que repetirlo infinitas veces.

Pero lo lamentable no es que los incompetentes intenten repartirse el pastel, por encima del resto de gente, sino que la que la gente que de verdad tiene talento tiende a subestimarse, creyéndose esta gente inteligente que son peores que la media, por lo que tienden a asumir que los demás solucionan las cosas tan fácilmente como ellos mismos, resultando una cuestión de proyección, de reflejo de la propia valía. Tendemos a creernos peores de lo que realmente somos en tareas complejas que dominamos, como jugar al ajedrez, contar chistes o programar ordenadores, mientras que en el caso de tareas simples ocurre todo lo contrario, que sobrestimamos nuestras habilidades.

La causa parece estar en la atención: cuando nos comparamos con los demás nos centramos en nuestras habilidades y no tenemos lo suficientemente en cuenta las de los demás.  Olvidamos, por ejemplo, que todos somos bastante buenos cuando vamos en bicicleta y bastante malos cuando contamos chistes o programamos. Incluso ocurre cuando se trata de valorarnos a nosotros mismos, que normalmente asumimos que somos menos atractivos y atléticos que otra gente de nuestra edad. También influye la motivación, el ánimo… ante tareas difíciles tendemos a sentirnos sobrepasados, obteniendo después, en general, mejores resultados de lo que pensábamos.

Si a esto le sumamos que los mediocres, los incompetentes, se dedican a sabotear la autoestima de los inteligentes, los genios, insultándolos, menospreciándolos, haciendo que todos estén en contra a base de mentiras, de bulos, es evidente que no permiten ni que destaquen ni que hagan avanzar el tema en concreto, bien sea un proyecto, bien sea un movimiento, un hobby o lo que sea que el negado quiera dominar.

No por ello nos debemos desesperar por esta gente incompetente, sino creernos que realmente somos más inteligentes, más hábiles y con mayores conocimientos que ellos y, lo más importantes, el saber reconocer lo que está bien de lo que está mal, reconocemos nuestros propios errores y, si es pertinente, sabemos pedir perdón de corazón, no de compromiso o como frase hecha.

Como ya he dicho anteriormente, la solución es hacer saber a los incompetentes que lo son, aunque lógicamente, dado que no son demasiado receptivos a las críticas, haya que repetirlo infinitas veces.

Esto, hace tiempo documentado científicamente (aunque os parezca mentira), se denomina el efecto de Dunning-Kruger, que consiste en la demostración de que la gente más incompetente es la menos consciente de ello. Esto se puede ver en la tabla de los sesgos cognitivos.



Saludos.

Papá Vader.
 

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