martes, 7 de mayo de 2013

¿Recuerdas Detroit?




La prepotencia de la gente no tiene límites. La prepotencia no es compatible con los buenos resultados que se deseen obtener, bien en la vida laboral, bien en la personal.

Sembrar soberbia no contribuye a recoger el buen grano que nos dará mañana el pan para comer, ni la riqueza para poder comer muchos más días después.

A día de hoy, y tal como están las cosas en el mundo, con los constantes cambios de paradigmas, todavía nos podemos encontrar, con mucha asiduidad, a gente que emana una prepotencia por todos los poros de su piel, con su desdén de no ir con él los problemas que puede generar su conducta, sus palabras; gente con un mirar por encima del hombro a todo aquel que no piensa ni opina lo mismo que él; gente que no desea adaptarse a la actual pensamiento mundial, global, a un futuro que, queramos o no, está llegando y con mucha fuerza; gente con un terror atroz a que su hábitos cambien, se transformen, se actualicen. En definitiva, no aceptar los riesgos de no adaptarse a una nueva forma de pensar, de hacer las cosas, de abandonar lo obsoleto y lo que no funciona, de no aceptar los beneficios que conlleva este riesgo.

Son mayores los beneficios que los riesgos.

Y en cambio, la historia nos demuestra que ese actuar, no es bueno, no le beneficia, no le ayuda a triunfar. Puede ser que durante un breve lapsus de tiempo aparentemente parezca que está en la cúspide: un mero holograma de la realidad, un mero espejismo de sus ansias de conseguir ese objetivo nebuloso.

La Historia nos demuestra...

No hay que irse muy lejos para poder recoger muestras de nuestra historia, para poder ver los graves errores de la humanidad, de las personas, ante una prepotencia suma, ante irresponsabilidades, ante decisiones erróneas que no quieren asumir como suyas.

Y no debemos irnos muy lejos en nuestra historia, ya que la historia actual, de menos de 60 años, tienen muchos ejemplos, como lo que pasó a toda una ciudad en Estados Unidos, dirigida por magnates de multinacionales, que gracias a la prepotencia de estos, es casi una ciudad fantasma: Detroit.

A mediados del siglo XX, Detroit floreció como capital del dinamismo mundial gracias a tres empresas también florecientes: Ford, General Motors y Chrysler. En ese momento las fábricas de estas empresas eran de lo más innovador, gracias a la cadena de montaje concebido por Ford, al sistema de gestión y de organización de General Motors. Estas empresas visionarias, creyeron fervientemente que los coches se volverían imprescindibles en Estados Unidos, por lo que los sistemas indicados consiguieron bajar tanto los precios de los coches, que se convirtieron en artículos “para cada bolsillo y cada necesidad” (Alfred Sloan – General Motors), “de precios tan bajos que todo el que gane un salario decente podrá permitirse el comprar un coche” (Henry Ford – Ford Motor Company).

Con esta premisa y estos nuevos sistemas innovadores, se consiguió más de lo que habían soñado, al crear el futuro que habían imaginado. Como dato indicar que General Motors, en 1955 se convirtió en la primera empresa en conseguir más de 1.000 millones de dólares de beneficios. Era tal la magnitud del nuevo paradigma, que el trabajador que entraba en alguna de estas empresas, no necesitaban cambiar a otra, ya que poco a poco iban escalando puestos dentro de la organización.

Detroit se convirtió en la Tierra de los Sueños, de los nuevos ricos y las nuevas tecnologías; la “Silicon Valley” de la época. Los empresarios que se afincaban en Detroit, amasaban inmensas fortunas, colosales, en poco tiempo y millones de personas se desplazaban de otros estados para afincarse en esta ciudad, con salarios altos, con los ingresos medios más altos de todos los Estados Unidos. Gracias a este llegar de nueva gente, Detroit destilaba una diversidad social, una energía, una cultura y un espíritu progresista casi sin parangón en la faz de la tierra. Fue la primera ciudad en la que los habitantes tenían teléfonos con números asignados de forma particular, no como empresa. La primera en pavimentar  miles de carreteras, la primera en tener una red urbana de autopistas. En los años cuarenta, cincuenta y sesenta, Detroit se convirtió en “La Joya de la Corona” de Estado Unidos.

Todo ello parecía que está posición de privilegio conseguida no tendría fin… Pero Barack Obama en 2009 realizó un préstamo a General Electric y una línea de crédito a Ford, para que ambas pudiesen evitar la bancarrota.

¿Qué ocurrió? El problema principal: la prepotencia, la soberbia.

Andy Grove, cofundador de Intel ya comentó en más de una ocasión, que “sólo los paranoicos sobreviven”, en alusión a la gran fragilidad que tiene el éxito y a lo fugaz de la perfección. En el momento en el que das por sentado que tu status es inamovible, es cuando ya se ha perdido todo, cuando los que vienen detrás empujando para hacerse su espacio, su nicho, ya han empezado a sentarse en tu trono, en tu cama, comer de tu comida; aunque realmente no lo quieres reconocer, ya has iniciado un descenso en picado hacia lo más profundo del abismo… y aun así, siguen bajando “hasta el infinito y más allá”.

En lugar de escuchar a la clientela para saber que les interesaban los coches más pequeños y que gastaran menos, siguieron construyendo coches cada vez más grandes, no tomándose en serio a la competencia japonesa. No aprendiendo nuevos métodos de eficiencia productiva, obstinándose en seguir haciendo lo de siempre, lo que les hizo llegar al éxito. No recompensando a los mejores de la organización y despidiendo a los peores, sino manteniéndoles y hasta promocionándolos. En vez  actuar con rapidez, para adaptarse a los cambios  del mercado, siguieron con la inercia burocrática generada décadas atrás. El éxito fácil conseguido tiempo atrás, convirtió a las empresas automovilísticas norteamericanas en burocracias incapaces de asumir riesgos, innovaciones.

Detroit sufrió una deflagración paulatina, inexorable, sin pausa, gradual. Debido a que los beneficios siguieron existiendo, en lento declive, los directivos no quisieron entender que debían cambiar, y siguieron con lo que siempre habían hecho, ignorando el problema creciente, ignorando el futuro que se acercaba demasiado rápidamente. Nadie busco las soluciones a los problemas que iban apareciendo, nadie inicio la búsqueda para reemplazar las debilidades.  Cuando General Electric y Ford quedaron en el colapso de la bancarrota, dejaron a Detroit en la oscuridad. “Lo mejor de vivir en la ciudad más abandonada de Estados Unidos, es que nunca te quedas parado en un atasco de tráfico” (Walsh, periodista de un periódico local de Detroit). Abandonada es realmente la palabra que viene a la mente al ver actualmente la ciudad de Detroit. Un tercio de la ciudad (equivalente a todo San Francisco) está desierto.

Esta es la historia de Detroit, pero nos encontramos con millones de Detroit en todos los lados: empresas, personas,… Detroit está en todos lados.

Podemos encontrar a gente prepotente, gente soberbia, gente con el ego tan alto que no ven más allá de la puntita de su minúscula nariz. Gente que como Detroit, siguen haciendo lo mismo una y otra vez, aunque ya no sea lo que quiere la gente, lo que realmente funciona, lo que realmente hace que siga en la cresta de la ola. Ya no es lo que esperan los que tiempo atrás los alababan, los que tiempo atrás los ensalzaban. Es gente no capaz de innovar, incapaces de reciclarse, incapaces de cambiar, en definitiva. Podemos encontrarnos con gente apoltronada en su extinto éxito, ya fenecido hace tiempo, aunque insisten en revivir ese pasado, una y otra vez, como un humano en la colmena de Matrix, en no querer reconocer sus errores, en no querer reconocer su fracaso. Gente capaz de destrozar a todo el que intenta superarle, un forma vana de eternizar su moribunda agonía.

Pero ahora vallamos al otro extremo del globo terráqueo. En Japón, tras el fracaso de Detroit, supieron innovar, reformar, mejorar todos los aspectos ya arcaicos de Detroit. ¿Esto es posible para Detroit? Nunca es demasiado tarde.

Si las empresas, las personas en vez de apoltronarse, de encerrarse en un holograma perpetuo, estuvieran por la labor de actualizarse, reciclarse, reconocer sus errores, es evidente que seguirían estando en el trono, responsabilizándose de sus actos, de sus errores y sus aciertos, potenciando sus triunfos y aprendiendo de sus fracasos. Y entonces, sólo entonces, dejan la prepotencia, la soberbia, y empiezan a tocar de pies en el suelo, en la realidad real, no en su realidad del holograma sinfín autocreado. Si el trabajo que gastan, si la energía que consumen sólo en estar en la poltrona, para que nada cambie en su alrededor, lo usaran para  mejorar constantemente y adaptarse a las situaciones que van sucediéndose día a día, no serían tan “prepotentes” y estarían constantemente siendo gente útil, gente a tener en cuenta, gente a seguir, gente VIP.

Por favor, seamos flexibles, innovadores, consecuentes, aprendamos a escuchar, a ser honestos con nosotros mismos, sin máscaras, sin disfraces, sin tapones en los oídos.

No seamos Detroit.

Papa Vader.

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