domingo, 19 de abril de 2015

Síndrome de Solomon



Evitar sobresalir para no provocar la envidia de los demás
"La conformidad es el proceso por medio del cual los miembros de un grupo social cambian sus pensamientos, decisiones y comportamientos para encajar con la opinión de la mayoría”

(Solomon Asch)



En la jerga de las relaciones sociales se dice que padecemos el síndrome de Solomon cuando tomamos decisiones o admitimos conductas para evitar sobresalir, destacar o brillar en un entorno social determinado. Y también cuando nos obstaculizamos para no salirnos del camino común por el que va la mayoría. De forma inconsciente, muchos tenemos miedo de llamar la atención en exceso por miedo a que nuestras virtudes y nuestros logros ofendan a los otros. 



¿Por qué se llama Síndrome se Solomon?

En 1951, el reconocido psicólogo estadounidense Solomon Asch fue a un instituto para realizar una prueba de visión. Al menos eso es lo que les dijo a los 123 jóvenes voluntarios que participaron –sin saberlo– en un experimento sobre la conducta humana en un entorno social. El experimento era muy simple. En una clase de un colegio se juntó a un grupo de siete alumnos, los cuales estaban compinchados con Asch. Mientras, un octavo estudiante entraba en la sala creyendo que el resto de chavales participaban en la misma prueba de visión que él.



Haciéndose pasar por oculista, Asch les mostraba tres líneas verticales de diferentes longitudes, dibujadas junto a una cuarta línea. De izquierda a derecha, la primera y la cuarta medían exactamente lo mismo. Entonces Asch les pedía que dijesen en voz alta cuál de entre las tres líneas verticales era igual a la otra dibujada justo al lado. Y lo organizaba de tal manera que el alumno que hacía de cobaya del experimento siempre respondiera en último lugar, habiendo escuchado la opinión del resto de compañeros.



La respuesta era tan obvia y sencilla que apenas había lugar para el error. Sin embargo, los siete estudiantes compinchados con Asch respondían uno a uno la misma respuesta incorrecta. Para disimular un poco, se ponían de acuerdo para que uno o dos dieran otra contestación, también errónea. Este ejercicio se repitió 18 veces por cada uno de los 123 voluntarios que participaron en el experimento. A todos ellos se les hizo comparar las mismas cuatro líneas verticales, puestas en distinto orden.



Cabe señalar que solo un 25% de los participantes mantuvo su criterio todas las veces que les pre­­guntaron; el resto se dejó influir y arrastrar al menos en una ocasión por la visión de los demás. Tanto es así, que los alumnos cobayas respondieron incorrectamente más de un tercio de las veces para no ir en contra de la mayoría. Una vez finalizado el experimento, los 123 alumnos voluntarios reconocieron que “distinguían perfectamente qué línea era la correcta, pero que no lo habían dicho en voz alta por miedo a equivocarse, al ridículo o a ser el elemento discordante del grupo”.



A día de hoy, este estudio sigue fascinando a las nuevas generaciones de investigadores de la conducta humana. La conclusión es unánime: estamos mucho más condicionados de lo que creemos. Para muchos, la presión de la sociedad sigue siendo un obstáculo insalvable. El propio Asch se sorprendió al ver lo mucho que se equivocaba al afirmar que los seres humanos somos libres para decidir nuestro propio camino en la vida.



Vale, ¿pero qué es?

Se dice que se padece el síndrome de Solomon cuando tomamos decisiones o adoptamos comportamientos para evitar sobresalir, destacar o brillar en un grupo social determinado. Esto se suele hacer cuando nos boicoteamos para no desviarnos, no salir de los márgenes del camino y dirección que la mayoría a determinado ir, por lo que de forma inconsciente, muchos tienen un miedo atroz a llamar la atención en exceso –e incluso triunfar–, miedo a que su forma de ser, su personalidad y sus logros ofendan a los demás. Esta es la razón por la que en general mucha gente sienta pánico a hablar en público, ya que durante el instante de hablar en público nos convertimos en el centro de atención y quedamos abiertamente a merced de lo que la gente pueda pensar de nosotros, dejándonos en una posición vulnerable, psicológicamente hablando.



El síndrome de Solomon pone de manifiesto el lado oscuro de ser humanos.



Hace patente nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, ya que es en ese momento cuando creemos que dependemos de nuestra valoración como personas, según el criterio y rasero de los demás, sometiéndonos como esclavos a formar parte de una sociedad en la que se tiende a condenar el talento y el éxito que no son propios de ellos.



Nadie lo dirá abiertamente, pero está mal visto que nos vayan bien las cosas. Y más ahora, en plena crisis económica, con la decadente situación que padecen millones de personas.


Pero Tranquilos, no todo está perdido. Todavía quedamos personas que siempre nos alegramos de los logros ajenos, sin críticas, sin condicionantes, peros.



¿Y eso es todo?

No, desgraciadamente no es todo. Mientras unos sufren el síndrome de Solomon, otros, la mayoría de los que no quieren salirse del camino, sufren otro síndrome, desde mi punto de vista, peor: la envidia.



La Real Academia Española define esta emoción como “deseo de algo que no se posee”, lo que provoca “tristeza o desdicha al observar el bien ajeno”. La envidia surge cuando las personas se comparan con otras personas y sacan la conclusión de que tiene algo que se desea. Así es como se crea el complejo de inferioridad; de pronto sienten que son menos porque otros tienen más.



Podríamos decir que la envidia es un virus pernicioso, ya que una vez infectados no son capaces de alegrarse de las alegrías ajenas. Mucha gente sólo son alegres, cuando ven reflejados en los demás, sus propios males, miedos y penurias, y reconocer su complejo de inferioridad es tan doloroso, que necesitan canalizar su insatisfacción juzgando a todo el que ha conseguido eso que anhelan; en definitiva, lo que envidian. A esta gente no le hace falta mucha imaginación para hallar o inventar motivos para criticar a alguien.



Un caso muy típico es el de algunas asociaciones y grupos de algún ocio, los cuales quieren que todo el mundo piense y haga lo que ellos indiquen, más para poder demostrar que ellos son los guías espirituales del el resto de aficionados. Y si no estás con lo que ellos dicen, si no sigues el camino que llevan los demás o quieren ellos que los demás lleven, criticarán y juzgarán cada una de tus actuaciones, acusándote de ser el culpable de que la asociación no haya alcanzado sus logros, para que no destaques ni triunfes, donde ellos han fracasado.



Anakin Skywalker cambió su condición por envidia.



Pero no confundamos otro de los aspectos tóxicos que pueden confundirlos y por el que hay mucha gente que lo toma como una excusa, otro de los “pecados capitales”; la avaricia.



La diferencia entre avaricia y envidia, es que mientras la primera se desea poseer más cantidad de bienes materiales más que otra persona, la segunda trata más el aspecto de desear lo que tiene el prójimo y no otra cosa. O sea, mientras que el primero es la obsesión por acumular cosas para sentirse bien, el segundo conlleva desear el mal al prójimo, para que este no tenga lo deseado, para poder sentirse bien.





¿Cómo superarlo?

Hay que tener muy en cuenta que superarlo es un tratamiento constante y largo, un esfuerzo inicial en el que se deja de condenar el éxito ajeno para comenzar a admirar y aprender de las cualidades y las fortalezas que han permitido a otros alcanzar sus sueños. Si bien lo que codiciamos nos destruye, lo que admiramos nos construye. Pero lo principal es sentirse bien contigo mismo, y eso te lleva a dejar de buscar defectos en los demás y a valorar sus cualidades.



El primer paso para superar el complejo de Solomon consiste en comprender la futilidad de alborotarnos por lo que diga la gente de nosotros. Si nos ponemos a pensar objetivamente, la primera traba que nos ponemos nosotros mismos es el miedo a destacar por lo que ciertas personas puedan decir de nosotros. Pero si entendemos que esto lo hacen para compensar sus déficits y sentirse mejor con ellas mismas, habremos dado un gran paso.



Si empezamos a tener pensamientos coherentes con nosotros mismos, nos daremos cuenta que la envidia es un maestro que nos revela los dones y talentos innatos que todavía tenemos que incrementar. En vez de luchar contra lo externo, vamos a utilizarlo para formarnos por dentro. Y en el momento en que superemos el complejo de Solomon, conseguiremos que cada uno ofrezca individualmente lo mejor de sí mismo a la sociedad.





Papá Vader es de los que no les importa lo que piensen los demás de él... aunque le duela a más de uno.



Papá Vader








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