lunes, 31 de octubre de 2016

Síndrome de Procusto



Procusto (del griego antiguo Procrustes, literalmente ‘estirador’), también llamado Damastes (‘avasallador’ o ‘controlador’), Polipemón (‘muchos daños’) y Procoptas, era un posadero asesino del Ática (o según otras versiones a las afueras de Eleusis), que se le consideraba hijo de Poseidón. Cuando un viajero solitario se alojaba en su posada, Procusto entraba por la noche en su habitación y le ataba las extremidades a las esquinas de la cama. Entonces había dos posibilidades:
Si el viajero era más grande que la cama, Procusto le cortaba las extremidades que sobresalían (pies, brazos, cabeza…) para que ‘encajase’ exactamente en el lecho.
Si por el contrario era más pequeño que la cama, le ‘estiraba’ hasta descoyuntarlo para que se adaptase a la medida. De hecho, el verdadero nombre del posadero era Damastes. Procusto era su apodo ya que significa ‘el estirador’.

Curiosamente nunca nadie se adaptaba a la medida de la cama, ya que Procusto tenía realmente dos camas para esta tarea: una grande y otra pequeña, que asignaba al viajero, según la altura del mismo.

El héroe Teseo, en el último de sus trabajos, fue quien acabó con Procusto engañándole para que se tumbase en la cama, retando a Procusto a comprobar si su propio cuerpo encajaba con el tamaño de la cama, momento que aprovechó para amordazarlo y atarlo a la cama y, allí, lo torturó para «ajustarlo» como él hacía a los viajeros, cortándole a hachazos los pies y, finalmente, la cabeza.


Del mito a la actualidad.

La incapacidad para reconocer como válidas ideas de otros, el miedo a ser superado profesionalmente por un subordinado o la envidia hacia un subalterno, pueden llevar a algunos directivos o mandos intermedios a evitar su principal función de responsabilidad, que no es otra que tomar las decisiones más adecuadas para su empresa, dedicándose a cortar las ideas, iniciativas y aportaciones de los empleados que pueden dejarles en evidencia ante esta falta de responsabilidad.

A esto se le llama es el Síndrome de Procusto, que su propia definición ya deja claras sus negativas consecuencias, ya que básicamente se ha convertido sinónimo de la intolerancia a la diferencia.

Así, cuando alguien quiere que todo se ajuste a lo que dice o piensa, se suele decir que quiere que se acuesten en el ‘Lecho de Procusto’; más comúnmente dicho como “hacerle la cama”.


Procustos en la empresa.

Para poder reconocer a un mando con el síndrome de Procusto, se puede hacer mediante una diferenciación entre dos formas de concebirlo: los Inconscientes y los Conscientes:
   1. Inconscientes de que lo son: Los que no escuchan otras opiniones de nadie, y menos de sus subordinados, al entender que su idea siempre va a ser la mejor y son los demás quienes deben adaptarse a ella.

2. Conscientes de que lo son: Los que se dan cuenta que entre sus subordinados existe uno o más que pueden destacar más que ellos y hacerles sombra.

Estos pueden detectarse de la siguiente forma:
Inconscientes:
Su  visión siempre es tan clara que se molestan si se les dice que no tienen razón.
No se ponen en el lugar de los demás, aunque creen que sí lo hacen.
Suelen hablar constantemente de tolerancia, multidiversidad, intercambio de ideas… pero cuando esto se produce no soportan que se den opiniones diferentes a la suya y siempre encuentran la manera de criticar o desprestigiar a esa persona.
Conscientes:
Tienen miedo de ‘jóvenes, nuevos y proactivos’ con conocimientos, capacidades o iniciativas que ellos no tienen.
Limitan las capacidades, creatividad e iniciativa de sus subordinados para que no evidencien sus propias carencias, haciéndoles hacer otras funciones diferentes por las cuales se les ha contratado.
Son capaces de modificar su posicionamiento inicial ante un tema si ven que alguien opina igual y puede llegar a capitalizar la atención o destacar sobre él si se acepta esa tesis.

En cualquiera de los dos casos, tanto los conscientes como los inconscientes, siempre llegamos al mismo punto dentro de la empresa, a las consecuencias de ello:
Generan un clima laboral de tensión y estrés.
Fuerza las circunstancias para ajustarlas a su propio modelo.
No optimizan sus equipos. Priman su visión personal, o incluso sus intereses particulares, frente a la maximización del rendimiento y la eficacia.
Deforman, ocultan, interpretan… los datos obtenidos tras un estudio de manera que confirmen su hipótesis previa.
No asignan tareas a quienes las harían mejor, cierran su acceso a proyectos en los que destacarían, no les evalúan correctamente en los controles internos…
Exigen niveles de Calidad y perfección que, en muchas ocasiones, ni las tienen ellos ni se pueden alcanzar.
Por su autoconvencimiento de tener razón, son más proclives al lanzamiento de productos o servicios que exigen una cierta adaptación del usuario. Esto puede traer éxitos momentáneos si lo que se aporta también es novedoso y atractivo, pero si no se ha procurado adaptarse totalmente a lo que precisa el mercado la competencia pronto lo clonará adecuándolo al consumidor/cliente y llevará al fracaso a quien lo creó.
Y si su idea fracasa, buscará a los que han opinado lo contrario, para usarlos como únicos culpables de ese fracaso.


Aunque parezca mentira, el Síndrome de Procusto es uno de los grandes males de muchas empresas. Y todos hemos visto a muchos mandos que se comportan justamente así. Hay que tener en cuenta que el gran problema de muchas empresas es que tienen empleados en puestos de responsabilidad que han decidido (consciente o inconscientemente) que sus obligaciones no son las que les ha asignado la empresa, sino que su trabajo consiste en mantener su trabajo. Por lo que n tiene sentido contratar a Personas Inteligentes y después decirles lo que tienen que hacer; cuando lo mejor es contratarlos para que sean ellos los digan lo que debe hacer la empresa.

Pero esto último, pocas empresas se han dado cuenta de ello.


Papá Vader.

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