martes, 14 de enero de 2014

La envidia, otro de los grandes tóxicos.




Hoy, en el Pais por internet, he leído un artículo muy curioso sobre la envidia y como esta, cuando los fracasados lo extienden sobre los triunfadores, puede llegar a paralizarlos. Es lo que tiene la gente tóxica (que en cuanto más lejos, mejor, oiga!!)



¿Porque? Curiosamente formamos parte de una sociedad que tiende a condenar el talento y el éxito ajenos. Si el perdedor, el mediocre, el fracasado ve a uno de estos, se dedica a usar la envidia en contra de este, mediante el miedo. La envidia paraliza el progreso por el miedo que genera no encajar con la opinión de la mayoría. Uno de los mayores temores del ser humano es diferenciarse del resto y no ser aceptado y los envidiosos lo saben, aprovechándose de ello al hablar mal a la gente de su alrededor, de reírse de lo que hace el triunfador (por la más absoluta de las maldades), de hacerle quedar sólo. Si este se queja, encima es considerado como “el malo de la película”. Y si se defiende… ni te cuento: de Darth Vader como poco.



Podríamos decir que los envidiosos son los auténticos terroristas de la sociedad actual: promueven el miedo y el terror para que nadie sobresalga más que ellos.


En este articulo cuentan un curioso experimento, de cómo la gente es influenciada por los que le rodean, sólo por quedar bien; el síndrome de Solomon.

En 1951, el reconocido psicólogo estadounidense Solomon Asch fue a un instituto para realizar una prueba de visión. Al menos eso es lo que les dijo a los 123 jóvenes voluntarios que participaron –sin saberlo– en un experimento sobre la conducta humana en un entorno social. El experimento era muy simple. En una clase de un colegio se juntó a un grupo de siete alumnos, los cuales estaban compinchados con Asch. Mientras, un octavo estudiante entraba en la sala creyendo que el resto de chavales participaban en la misma prueba de visión que él. Haciéndose pasar por oculista, Asch les mostraba tres líneas verticales de diferentes longitudes, dibujadas junto a una cuarta línea. De izquierda a derecha, la primera y la cuarta medían exactamente lo mismo. Entonces Asch les pedía que dijesen en voz alta cuál de entre las tres líneas verticales era igual a la otra dibujada justo al lado. Y lo organizaba de tal manera que el alumno que hacía de cobaya del experimento siempre respondiera en último lugar, habiendo escuchado la opinión del resto de compañeros. La respuesta era tan obvia y sencilla que apenas había lugar para el error. Sin embargo, los siete estudiantes compinchados con Asch respondían uno a uno la misma respuesta incorrecta. Para disimular un poco, se ponían de acuerdo para que uno o dos dieran otra contestación, también errónea. Este ejercicio se repitió 18 veces por cada uno de los 123 voluntarios que participaron en el experimento. A todos ellos se les hizo comparar las mismas cuatro líneas verticales, puestas en distinto orden.

Cabe señalar que solo un 25% de los participantes mantuvo su criterio todas las veces que les pre­­guntaron; el resto se dejó influir y arrastrar al menos en una ocasión por la visión de los demás. Tanto es así, que los alumnos cobayas respondieron incorrectamente más de un tercio de las veces para no ir en contra de la mayoría. Una vez finalizado el experimento, los 123 alumnos voluntarios reconocieron que “distinguían perfectamente qué línea era la correcta, pero que no lo habían dicho en voz alta por miedo a equivocarse, al ridículo o a ser el elemento discordante del grupo”.

Independientemente de este famoso experimento, se dice que padecemos el síndrome de Solomon cuando tomamos decisiones o adoptamos comportamientos para evitar sobresalir, destacar o brillar en un grupo social determinado. Nos volvemos perdedores y mediocres voluntariamente. Y también cuando nos boicoteamos para no salir del camino trillado por el que transita la mayoría. De forma inconsciente, muchos temen llamar la atención en exceso, e incluso triunfar, por miedo a ofender a otros y que estos se pongan en su contra. Esta es la razón por la que en general se siente pánico a hablar en público (menos mal que Papá Vader disfruta haciéndolo…uf!!).
 
El experimento que realizó el profesor Solomon pone de manifiesto el lado oscuro de nuestra condición humana: nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos. Poniendo de manifiesto una verdad incómoda: que seguimos formando parte de una sociedad mediocre en la que se tiende a condenar el talento y el éxito ajenos, y aunque nadie hable de ello, por norma general y en especial si nos gusta estar rodeados de gente no quiere que haya alguien que sobresalga más que ellos, está mal visto que nos vayan bien las cosas. 

Esto, aunque parezca mentira, todo esto tiene un nombre: envidia

La Real Academia Española define esta emoción como “deseo de algo que no se posee”, lo que provoca “tristeza o desdicha al observar el bien ajeno”. La envidia surge cuando nos comparamos con otra persona y concluimos que tiene algo que nosotros no tenemos pero nos gustaría tener. Así es como se crea el complejo de inferioridad; de pronto sentimos que somos menos porque otros tienen más.

El primer paso para superar el complejo de Solomon consiste en comprender lo tonto que es el preocuparnos por lo que opine la gente de nosotros. Si lo pensamos detenidamente, tememos destacar por miedo a lo que ciertas personas puedan decir de nosotros, movidas por el desanimo que les genera su complejo de inferioridad, para compensar sus carencias y sentirse mejor consigo mismo.

¿Y qué hay de la envidia? ¿Cómo se puede eliminar? Muy simple: visitando a un especialista. Pero si os da miedo visitarlo “por lo que dirán de mí”, para no recibir la misma dosis de la medicina que están dando a la otra gente, lo mejor es empezar no ser codiciosos y a admirar y aprender de las cualidades y las fortalezas que han permitido a otros alcanzar sus sueños. Si bien lo que codiciamos nos destruye, lo que admiramos nos construye

Se debe usar la envidia, no como un arma como muchos la usan, sino como un maestro que nos enseña los dones y talentos que todavía tenemos por desarrollar. En vez de luchar contra lo externo, utilicémosla para construirnos por dentro. 

Papá Vader.

Fuente: http://elpais.com/

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